En la gestión técnica de cultivos de alto rendimiento, el suelo ha dejado de considerarse una caja negra de inputs y outputs químicos. La edafología actual y la fitotecnia han puesto el foco en la fracción viva del suelo.

Para comprender la salud de nuestros cultivos hortofrutícolas, es necesario definir con precisión qué es la microbiota agrícola, diferenciándola de su contraparte funcional, el microbioma agrícola.

Definición técnica de microbiota agrícola.

La microbiota agrícola se define como el conjunto taxonómico de microorganismos vivos que habitan en un entorno agrícola específico, ya sea el suelo (edafósfera), la superficie de las raíces (rizosfera), las hojas (filósfera) o el interior de los tejidos vegetales (endosfera).

A diferencia del microbioma, que abarca lo que podemos definir como símil, «el teatro de actividad» completo (genes, metabolitos y condiciones ambientales), la microbiota hace referencia estrictamente a «la comunidad de actores presentes».

En un gramo de suelo agrícola sano, esta comunidad está compuesta por una densidad poblacional inmensa, estructurada principalmente en cuatro grupos funcionales:

  • Las bacterias y arqueas: Son los organismos más abundantes, responsables de las primeras fases de descomposición y transformaciones químicas rápidas.
  • Los actinomicetos: Son fundamentales para la descomposición de materia orgánica compleja (celulosa, lignina) y productores de antibióticos naturales que sanean el suelo.
  • Los hongos: Son esenciales para la formación de agregados estables del suelo y, en el caso de las micorrizas, para la extensión del sistema radicular.
  • Y los protozoos y virus: Que actúan como reguladores de las poblaciones bacterianas y parte del ciclo de nutrientes al liberar nitrógeno mineralizable.

Las funciones agronómicas de la microbiota nativa.

La microbiota no es un mero listado de especies, sino una herramienta de producción. Una microbiota equilibrada y diversa realiza servicios ecosistémicos que sustituyen o complementan a los fertilizantes de síntesis.

Por ejemplo, en el caso del ciclo de nutrientes, los microorganismos solubilizadores de fósforo y potasio, o fijadores de nitrógeno, hacen disponibles elementos que de otro modo permanecerían bloqueados en la matriz del suelo.

En cuanto a la estructura del suelo, la producción de glomalina por hongos y polisacáridos por bacterias, actúa como «pegamento» biológico, mejorando la porosidad, la infiltración de agua y reduciendo la erosión.

Y respecto a la supresividad, una microbiota diversa compite por espacio y recursos con los patógenos de suelo (Fusarium, Verticillium, etc.), creando lo que técnicamente denominamos «suelos supresivos».

La microbiota en el marco del Reglamento (UE) 2019/1009.

La legislación europea ha reconocido la importancia de estos microorganismos al integrarlos en la normativa de fertilizantes UE. El Reglamento (UE) 2019/1009 que establece explícitamente la Categoría de Materiales Componentes (CMC) 7 para microorganismos.

Esta categoría permite la formulación de bioestimulantes microbianos basados en cepas específicas que, al ser inoculadas, se integran en la microbiota nativa del cultivo.

Actualmente, el reglamento lista microorganismos concretos como Azotobacter spp., hongos micorrízicos, Rhizobium spp. y Azospirillum spp., cuya seguridad y eficacia han sido demostradas.

Es importante destacar que cualquier insumo que pretenda modificar o enriquecer la microbiota debe cumplir estrictos controles de seguridad, garantizando la ausencia de patógenos como Salmonella spp. o Escherichia coli por encima de los límites establecidos, asegurando así la inocuidad alimentaria en la cadena de valor de frutas y hortalizas.

De la microbiota al microbioma.

Entender qué es la microbiota es el primer paso. Sin embargo, para maximizar el rendimiento, debemos ir más allá del «quién está ahí» y entender «qué están haciendo».

Es aquí donde el concepto evoluciona hacia el microbioma, donde entra en juego la interacción genética y metabólica de esta comunidad con la planta.