La producción hortofrutícola profesional se encuentra en una marcada transición hacia insumos de origen biológico, sobre todo derivada de la exigencia de residuos cero por parte de las cadenas de distribución y el cumplimiento de marcos normativos cada vez más estrictos en Europa.

En este escenario de cambio, surge con fuerza el concepto de «las tres B en nutrición y sanidad vegetal», una arquitectura muy técnica que agrupa a la bioestimulación, la biofertilización y el biocontrol. De ahí las «Tres B».

Para profundizar en el origen, la delimitación agronómica y la convergencia de estas tres herramientas en el campo, conversamos con Fernando Cuenca, agrónomo y entre otras actividades, responsable de gestión de contenidos del hub Bioestimulantesagricolas.net.

BA. Para ponernos en contexto, ¿qué es el concepto de «las tres B»?

Fernando Cuenca. Para tener una visión más amplia, de forma normalizada, entre las herramientas de cultivo para la fertilización y sanidad de los cultivos, el agricultor disponía básicamente de fertilizantes y fitosanitarios. Desde hace unas pocas décadas, a ellos se añadieron los agronutrientes (formulaciones de fertilizantes más avanzados tecnológicamente) y seguidamente los bioestimulantes de plantas. Últimamente han entrado en escena las especialidades denominadas biofertilización y biocontrol, componiendo entre todos, un mayor catálogo de especialidades agronómicas al servicio del cultivador, porque en la realidad, todos siguen conviviendo en el sector de la producción agro.

Poniendo el foco en estas tres especialidades últimas, el concepto de «las tres B» (acuñado por Bioestimulantesagricolas.net), responde a una corriente que estamos presenciando en el mundo de los insumos para la producción agrícola: Bioestimulación, biofertilización y biocontrol.

En este contexto, durante años, los insumos biológicos se han presentado de forma fragmentada o como sustitutos puntuales de productos sintéticos. Sin embargo y gracias a la investigación y el avance en el conocimiento, la fisiología de la planta y la edafología nos demuestran que la nutrición y la sanidad vegetal no funcionan en compartimentos estancos.

De ahí que, las «tres B» (Bioestimulación, Biofertilización y Biocontrol), constituyan los tres pilares biológicos que sostienen el rendimiento de un cultivo hortofrutícola. Al unificarlos bajo un mismo paraguas conceptual, se proporciona al agrónomo un marco de trabajo coherente: mientras la biofertilización optimiza la disponibilidad de nutrientes en el suelo, la bioestimulación maximiza la eficiencia fisiológica y la tolerancia al estrés abiótico de la planta, y el biocontrol protege el sistema frente a las amenazas bióticas.

Existe una tendencia a confundir o solapar estos términos. ¿Cuál es la frontera entre biofertilización, bioestimulación y biocontrol?

Es una distinción que todo profesional del sector Agro debe saber y dominar, especialmente tras la entrada en vigor del Reglamento (UE) 2019/1009 en Europa y la actualización de los Reales Decretos de fertilizantes a nivel nacional. La clave está en el modo de acción principal del producto y el tipo de estrés o problema que aborda.

Por ir por partes, un sector es el de la biofertilización, que comprende el uso de microorganismos vivos (como bacterias fijadoras de nitrógeno, solubilizadoras de fósforo o micorrizas) que aportan o movilizan nutrientes minerales directamente en la rizosfera o en la planta. Su foco es la dinámica nutricional edáfica.

Otro es el de la bioestimulación, que actúa sobre la fisiología vegetal. Un bioestimulante no se define por aportar nutrientes directos, sino por estimular los procesos naturales del cultivo para mejorar la eficiencia en el uso de los nutrientes, la calidad de la cosecha o la tolerancia frente a estreses abióticos como la sequía, la salinidad o las temperaturas extremas.

En cuanto al biocontrol, se delimita por la naturaleza del problema que combate: el estrés biótico. Cualquier formulación orientada a prevenir, repeler, controlar o eliminar plagas, hongos o bacterias patógenas, se encuadra en el biocontrol.

Normativamente, mientras que los biofertilizantes y bioestimulantes se regulan bajo el marco de fertilizantes, los productos de biocontrol con acción fitosanitaria se rigen por legislaciones de protección vegetal como el Reglamento (CE) 1107/2009.

Comprobando un método de biocontrol

¿Cómo interactúan «las tres B» en una estrategia de nutrición y protección de cultivos?

Interactúan de forma sinérgica. Imaginar el cultivo como un sistema dinámico nos permite ver la complementariedad.

Cuando aplicamos biofertilizantes a base de hongos micorrícicos o bacterias de la rizosfera, estamos contribuyendo a la expansión de la arquitectura radicular de la planta y regenerando la vida del suelo, facilitando el desbloqueo de elementos inmovilizados.

Sobre esa base, la incorporación de bioestimulantes (como aminoácidos, extractos de algas o sustancias húmicas) permite a la planta gestionar mejor la energía metabólica y superar parones vegetativos inducidos por condiciones climáticas adversas. Una planta bien nutrida biológicamente y fisiológicamente fuerte, presenta una pared celular más robusta y una mejor respuesta sistémica.

Finalmente, la integración de herramientas de biocontrol, ya sean microorganismos antagonistas como Trichoderma o Bacillus, fauna auxiliar o extractos botánicos, nos permite mantener las poblaciones de patógenos y plagas por debajo del umbral de daño económico sin saturar el cultivo con trazas químicas.

Por todo ello, la combinación de las tres B reduce la dependencia de fertilizantes de síntesis y fitosanitarios convencionales, garantizando producciones más sostenibles y rentables.

¿Hacia dónde se dirige el desarrollo tecnológico de las «tres B» en la producción agrícola?

Es difícil hablar con rotundidad ya que las empresas fabricantes de estos productos son verdaderas máquinas de innovación. Pero por contestar, el futuro pasa por la precisión, la caracterización molecular y la biotecnología de formulación. Asistimos a una transición desde productos mono-componentes hacia consorcios microbianos complejos y formulados multiescala de alta estabilidad.

Además, las exigencias de los registros oficiales imponen un rigor científico cada vez mayor, exigiendo secuenciación genómica completa de cepas, pruebas de ausencia de patogenicidad y ensayos de eficacia agronómica contrastados en campo.

Además, las empresas formuladoras de estos productos, en el caso de las españolas, lideran muchas de ellas la puesta en el mercado a nivel internacional, lo que permite a productores nacionales e internacionales de hortalizas y frutales, beneficiarse enormemente de este enfoque, posicionándose a la vanguardia de una agricultura de alto rendimiento, respetuosa con el suelo y libre de residuos.