En el manejo intensivo de cereales, frutas y hortalizas, el suelo ya no se entiende como simple soporte físico o un depósito inerte donde aportar sales minerales como unidades fertilizantes.
Dentro de las llamadas, las «Tres B» en nutrición y sanidad vegetal, se encuentra la biofertilización. En esta especialidad, actualmente, la nutrición vegetal se sustenta en la rizosfera como un entorno biológicamente activo, donde la dinamización de los nutrientes depende de la interacción entre las raíces y la microbiota edáfica.
En el corazón de esta cultura productiva, la biofertilización está compuesta por microorganismos altamente especializados que conforman la red trófica y microbiológica de un suelo fértil. A continuación, nos adentramos en algunos de estos grupos.
Bacterias fijadoras de nitrógeno y la transformación del recurso atmosférico
El nitrógeno es uno de los elementos limitantes para el desarrollo vegetal, y su aporte tradicional mediante fertilizantes inorgánicos conlleva pérdidas por lixiviación de nitratos o volatilización de amoniaco. En este contexto, las bacterias fijadoras de nitrógeno representan una vía natural para la incorporación del elemento en los programas de nutrición.
Dentro de este grupo destacan géneros simbiontes como Rhizobium, que establecen una relación de cooperación estrecha con plantas leguminosas. Estas bacterias colonizan el sistema radicular formando nódulos específicos donde sintetizan el complejo enzimático de la nitrogenasa. Esta enzima cataliza la ruptura del triple enlace del nitrógeno atmosférico para reducirlo a amonio, una forma directamente asimilable por los tejidos vegetales.
Por otro lado, la fijación no se limita a las leguminosas. Géneros asociativos y de vida libre, entre los que figuran Azospirillum y Azotobacter, colonizan la superficie de las raíces o los espacios intercelulares en una gran diversidad de cultivos como hortalizas y cereales. Estas bacterias aportan un flujo constante de nitrógeno en la interfaz radicular mientras benefician la estructura del suelo circundante.
Hongos micorrícicos arbusculares y la expansión del sistema radicular
La absorción de agua y de elementos de baja movilidad en el perfil edáfico depende en gran medida de la superficie de contacto entre la raíz y la solución del suelo.
Los hongos formadores de micorrizas arbusculares, pertenecientes a géneros como Glomus (Glomus iranicum var. tenuihypharum), Gigaspora y Acaulospora, establecen una simbiosis endomicorrícica en la que desarrollan estructuras especializadas denominadas arbúsculos y vesículas dentro de las células corticales de la raíz.
A partir de esta asociación, el hongo extiende una red masiva de hifas extrarradiculares que funciona como una prolongación del propio sistema radicular. El micelio fúngico accede a microporos edáficos inalcanzables para los pelos absorbentes de las plantas, incrementando exponencialmente la captación hídrica y la extracción de elementos retenidos como el fósforo y el zinc.
Esta exploración optimizada resulta determinante en episodios de estrés hídrico o en suelos con problemas de fijación mineral.
Bacterias promotoras del crecimiento vegetal y la solubilización de nutrientes
Las bacterias conocidas bajo las siglas PGPR desempeñan un papel multifuncional en el entorno edáfico, destacando géneros como Bacillus (con especies de amplio uso agronómico como Bacillus subtilis) y Pseudomonas (representado por Pseudomonas fluorescens).
Estos microorganismos destacan por su capacidad para transformar formas inorgánicas de fósforo inmovilizado en la matriz del suelo mediante la excreción de ácidos orgánicos (como el cítrico, málico o glucónico) y la síntesis de enzimas fosfatasas que liberan ortofosfatos solubles para la planta.
Paralelamente a la solubilización de minerales, las cepas de PGPR secretan compuestos reguladores del desarrollo, tales como auxinas y citoquininas naturales. Con la presencia de estos metabolitos en la rizosfera, se estimula la división celular y la ramificación de las raíces secundarias, aumentando el volumen de suelo explorado y mejorando la capacidad general de absorción del cultivo.
Hongos antagonistas y promotores del desarrollo radicular
Dentro del reino fúngico, el género Trichoderma, con especies como Trichoderma atroviride y Trichoderma harzianum, se sitúa en una posición estratégica por sus efectos combinados sobre la nutrición y la estructuración del entorno radicular.
Estos hongos estimulan el vigor del sistema radicular a través de la liberación de metabolitos secundarios que promueven la expansión celular de las raíces.
En el plano nutricional, Trichoderma participa activamente en la mineralización de la materia orgánica y en la solubilización de macro y micronutrientes bloqueados en el complejo edáfico. Al mismo tiempo, su elevada velocidad de colonización y su capacidad para secretar enzimas líticas, le permiten ocupar de forma competitiva los nichos ecológicos en la rizosfera, desplazando a poblaciones de hongos patógenos telúricos por exclusión de espacio y recursos.
La glomalina y su función en la estructuración edáfica
Un momento importante en la ciencia edafológica reciente, fue el descubrimiento de la glomalina, una glicoproteína secretada de manera exclusiva por las hifas y esporas de los hongos formadores de micorrizas arbusculares del filo Glomeromycota.
Esta molécula actúa como un pegamento orgánico en la interfaz entre el suelo y el sistema radicular, amalgamando las partículas minerales finas para conformar macroagregados estables ante la acción del agua.
La formación de estos agregados previene la compactación y la erosión hídrica, mejorando la porosidad, la circulación del aire y la capacidad de infiltración de la solución del suelo.
Debido a su elevada resistencia a la degradación microbiana y química, la glomalina constituye una de las principales reservas biológicas para el almacenamiento de carbono orgánico a largo plazo en los suelos agrícolas, un factor que cobra especial relevancia ante las exigencias de sostenibilidad y conservación del recurso suelo.
La integración de la biofertilización en la gestión fitotécnica
La incorporación de microorganismos seleccionados en los programas de fertilización hortofrutícola, desencadena una regeneración de la actividad biológica y estructural del suelo.
Al incrementar la solubilización y movilización de elementos previamente inmovilizados, la biofertilización optimiza la Eficiencia en el Uso de los Nutrientes (NUE). Esta mejora en la asimilación permite racionalizar la aportación de fertilizantes inorgánicos convencionales, especialmente formulaciones nitrogenadas y fosfatadas, manteniendo los objetivos productivos del cultivo y reduciendo las pérdidas de nutrientes hacia los acuíferos o la atmósfera.
Asimismo, la presencia de un microbioma rizosférico diverso y colonizador, otorga a las plantas una mayor tolerancia ante situaciones de estrés abiótico. De igual forma, la red de hifas y la actividad bacteriana favorecen el mantenimiento del equilibrio iónico y del estatus hídrico incluso en condiciones de sequía prolongada, salinidad o pH adverso en el suelo.




