La adopción de soluciones microbiológicas en el sector hortofrutícola ha dejado de responder a intervenciones puntuales o de emergencia para convertirse en un pilar técnico integrado en las estrategias de protección y nutrición de cultivos.
En este contexto, la paulatina retirada de materias activas sintéticas, sumada a las exigencias del mercado en materia de sostenibilidad y gestión de residuos, ha acelerado la transición hacia un modelo donde la biología del suelo y la biotecnología aplicada determinan la eficiencia productiva.
Para analizar esta transformación, en Bioestimulantesagricolas.net hemos entrevistado a Ángel Donat Navarro, Ingeniero Agrícola y Director Comercial en Morera BioChem. Con más de 25 años de trayectoria en el sector de agronutrición y sanidad vegetal, Donat ha vivido en primera persona la transición de la microbiología desde las pruebas experimentales hasta su consolidación en explotaciones comerciales de alta exigencia.
Bioestimulantesagricolas.net: Ángel, para comenzar, nos gustaría conocer tu perfil y qué etapas han marcado tu vinculación profesional con las soluciones biológicas.
Ángel Donat Navarro: Mi vinculación con el sector agrícola supera los 25 años. De titulación soy Ingeniero Agrícola y la mayor parte de mi carrera se ha centrado en la comercialización y desarrollo de insumos, ocupando actualmente la dirección comercial de Morera BioChem.
Inicié mi andadura profesional en el año 2001 dentro del ámbito de los agroquímicos tradicionales. Sin embargo, en 2004 orienté mi actividad hacia la biotecnología agrícola aplicada al incorporarme a una firma volcada en la investigación y uso de microorganismos. En ese periodo trabajé de forma directa con cepas de Trichoderma, hongos entomopatógenos, bacterias PGPR y extractos microbianos, evaluando su comportamiento real más allá de los ensayos de laboratorio.
Posteriormente, a partir de 2005, asumí el desarrollo de estas tecnologías en la Región de Murcia (España). Por aquel entonces, plantear el uso de herramientas de biocontrol para abordar patologías radiculares endémicas en cultivos hortícolas, o la aplicación de bacterias PGPR para optimizar rendimiento y parámetros de calidad en frutales y leñosos, se percibía con amplio escepticismo.
Dichas soluciones solo se consideraban cuando los tratamientos químicos convencionales resultaban insuficientes. Requirió un trabajo continuado sobre el terreno demostrar al agricultor que la microbiología aplicada poseía un recorrido técnico agronómico propio, válido para cualquier sistema de producción y no acotado únicamente a la agricultura ecológica o a los momentos previos a la recolección.
Tras más de dos décadas de experiencia sobre el terreno, ¿cuál es la definición técnica que debe otorgarse hoy al biocontrol?
El biocontrol no debe entenderse como la mera sustitución de un producto químico por un microorganismo, ni como la confrontación entre dos modelos agrícolas opuestos. Esa interpretación resulta errónea desde el punto de vista agronómico.
El biocontrol constituye una herramienta complementaria dentro del programa global de manejo del cultivo. Las síntesis químicas mantienen su cometido en determinados escenarios, mientras que los productos de origen biológico aportan modos de acción alternativos que incrementan la eficacia global y reducen la presión de selección de resistencias.
En este sentido, la aportación del biocontrol no se limita a la producción con menor perfil de residuos. Su utilidad radica en que, mediante la selección de la cepa adecuada y su aplicación en el momento oportuno, ofrece una respuesta técnica concreta ajustada al cultivo, a las variables ambientales y a la intensidad del patógeno.
Sabemos que el uso de microorganismos operan a través de diversidad de mecanismos: competencia por espacio y nutrientes, antibiosis, parasitismo directo, inducción de defensas sistémicas en la planta o estimulación del desarrollo radicular. Por ello, la gestión microbiológica requiere conocimiento técnico: no consiste en elegir entre sanidad química o biológica, sino en integrar cada recurso en el momento de mayor rendimiento agronómico.

¿Cómo ha evolucionado la percepción del técnico y del agricultor respecto al uso de microorganismos en los últimos años?
El cambio sustancial radica en el criterio de aplicación y el conocimiento técnico. A comienzos de la década de 2000, los tratamientos microbiológicos se empleaban como último recurso cuando otras opciones habían fallado. Ante una respuesta insatisfactoria, la conclusión habitual era cuestionar la eficacia general de la tecnología biológica.
En la actualidad, tanto técnicos como productores disponen de mayor formación agronómica. Comprenden que la respuesta de una formulación microbiana depende del protocolo en su conjunto, abarcando parámetros como las condiciones edafoclimáticas, la oportunidad de la aplicación y la dosificación adecuada. Esta evolución interpretativa evidencia la maduración del sector.
A esta transformación también han contribuido las restricciones regulatorias sobre materias activas y las exigencias de la cadena de distribución en materia de residuos. No obstante, el factor determinante ha sido la constatación en campo de la eficacia técnica y el retorno económico que aportan estas herramientas cuando se planifican correctamente.
Dentro de este contexto europeo, ¿qué posición ocupa el modelo productivo español en el desarrollo de la biotecnología aplicada?
España representa uno de los núcleos productivos y de desarrollo tecnológico más relevantes de la agricultura europea. Los datos macroeconómicos confirman esta posición: en 2024, la producción española supuso el 23,8 % de las hortalizas frescas de la Unión Europea, más del 50 % de los cítricos, el 21,5 % de la uva y el 18 % de las frutas no cítricas. Asimismo, las exportaciones hortofrutícolas alcanzaron los 12,3 millones de toneladas, por un valor de 17.703 millones de euros, representando el 25 % del comercio intracomunitario en este sector.
Más allá del volumen comercial, la relevancia de España reside en la diversidad y especialización de sus sistemas agrícolas. Se combinan esquemas de cultivo protegido, producciones al aire libre, cítricos, frutales de hueso y pepita, berries y cultivos tropicales bajo un amplio abanico edafoclimático.
Cuando una solución microbiológica valida su eficacia en zonas de alta intensidad agronómica como Almería, Murcia, Valencia, Huelva o Aragón, demuestra su viabilidad técnica en condiciones de campo exigentes. Por este motivo, la agricultura española actúa como un centro de validación biotecnológica donde los formulados microbiológicos deben certificar su integración en programas comerciales y su rentabilidad.
¿De qué manera se articula la propuesta de Morera BioChem en el desarrollo de bioinsumos y qué tecnologías integran su catálogo?
Morera BioChem inició su trayectoria en Chiva (Valencia) en 1965, vinculada al desarrollo de la citricultura y la agricultura intensiva. A lo largo de seis décadas, la compañía ha evolucionado hasta estructurar un catálogo orientado a la sanidad y nutrición vegetal para mercados nacionales e internacionales.
El momento determinante en esta trayectoria ha sido la implantación del departamento BioTech, dotado de infraestructura científica para la recogida, selección, caracterización y formulación de cepas fúngicas y bacterianas. Esta estructura permite conectar la investigación teórica con la fabricación industrial y la recomendación agronómica en finca.
En el ámbito de la microbiología aplicada, el factor principal es asegurar la viabilidad del microorganismo y su posterior actividad metabólica en la rizosfera o en la filosfera. En esta línea, desarrollamos productos como:
- TRICOFUNG: Formulado a base de cepas seleccionadas de Trichoderma enfocado a la colonización del entorno radicular y al manejo de suelos con presencia de hongos patógenos endémicos.
- MICROBIOL-3C: Consorcio bacteriano diseñado para la restauración del equilibrio microbiológico del suelo, actuando sobre la solubilización de nutrientes y la eficiencia nutricional.
- MICROBIOL-LIS y MICROBIOL-DAYO: Soluciones microbiológicas compuestas por consorcios específicos orientados a preservar la sanidad foliar y radicular mediante la ocupación de nichos ecológicos y el mantenimiento de la estabilidad vegetativa.
La propuesta tecnológica consiste en ofrecer formulados estables que se incorporen de forma regular en los calendarios de tratamiento de las explotaciones.
Para finalizar, ¿cuáles son las proyecciones económicas del sector del biocontrol y qué aspectos técnicos determinarán su evolución?
Las previsiones de mercado reflejan la consolidación de estas tecnologías. El mercado europeo del biocontrol supera actualmente los 1.600 millones de euros. A nivel global, las estimaciones para el sector de los insumos biológicos sitúan su valor en 34.990 millones de dólares para el año 2030, correspondiendo 18.750 millones de dólares al segmento específico de los microorganismos aplicados.
Pero el desarrollo futuro de la microbiología agrícola no dependerá exclusivamente del aislamiento de nuevas cepas, sino de la innovación en la ingeniería del producto:
- Tecnología de formulación: Avances en vehículos de soporte (carriers), sustancias protectoras y estabilizantes que garanticen la vida útil del producto en anaquel y su supervivencia ante el estrés hídrico o térmico en el momento de la aplicación.
- Aprovechamiento de metabolitos secundarios: Uso directo o complementario de las moléculas activas sintetizadas durante los procesos de fermentación microbiana para obtener respuestas biológicas más rápidas y específicas.
Para que este potencial se traslade de forma ágil al campo, el sector debe resolver dos condicionantes de trascendencia estructural. Por una parte, la adaptación del marco normativo. Es imprescindible un entorno regulatorio adaptado a las características biológicas de los microorganismos, cuyas exigencias y plazos no restrinjan la capacidad de registro exclusivamente a los grandes grupos multinacionales; y por otra, la cualificación técnica universitaria, ya que las disciplinas asociadas a la microbiología aplicada, la compatibilidad de mezclas y la fisiología de la interacción planta-microorganismo deben consolidarse en los planes de estudio de las escuelas de ingeniería agrónoma, garantizando que los técnicos del futuro dispongan de criterios de prescripción fundamentados.
Un análisis en base a todo este contexto, se aprecia que el desarrollo de la agricultura microbiológica ha superado la fase conceptual para establecerse como una disciplina agronómica basada en la investigación, la formulación industrial y la respuesta en campo. Y con una mira puesta en un horizonte cercano, la evolución del biocontrol estará marcada por la capacidad de integrar la biología del suelo dentro de los programas de gestión agronómica, respondiendo a las exigencias productivas y ambientales del sector hortofrutícola global.




